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domingo, 16 de marzo de 2014

El panteón indoeuropeo. Breve aproximación a las similitudes entre los dioses indoiranios, grecolatinos y germánicos (Parte IV y bibliografía).



Detalle de una de las piedras de Stora Hammar

Finalmente hemos llegado a la última entrega de este gran monográfico. Esta vez será el turno de los dioses más importantes del panteón germánico. Hemos incluido a los escandinavos puesto que su conjunto de dioses y mitos es prácticamente similar, al fin y al cabo son germanos también.
Por último os ofrecemos la bibliografía empleada para este monográfico; incluimos a su vez material adicional para aquellos o aquellas que quieran profundizar más.


domingo, 2 de marzo de 2014

El panteón indoeuropeo. Breve aproximación a las similitudes entre los dioses indoiranios, grecolatinos y germánicos (Parte III).

Templo de Zeus Olímpico (Olimpeion) en Atenas. Siglos VI a.C. a II de nuestra era.

Continuemos con el monográfico, esta vez nos centraremos en un panteón mejor conocido por todos como es el grecolatino o grecorromano, según se prefiera [1].


El panteón grecolatino


La teología de las tres funciones no es solo una creación de los indoiranios. Los indoeuropeos occidentales, en este caso los griegos, los romanos más antiguos y los umbros, mantienen una variante muy estructurada, parecida a la ya vista entre los indoeuropeos orientales. No obstante, centrémonos para este apartado en los principales dioses del panteón grecorromano, como es lógico y siguiendo la entrada anterior, intentando situar a cada dios en una (o en varias) de las tres funciones ya conocidas. Para comenzar, como no podía ser de otra manera, veamos las principales características del dios soberano por excelencia dentro de este contexto grecolatino: Zeus / Júpiter.

viernes, 21 de febrero de 2014

El panteón indoeuropeo. Breve aproximación a las similitudes entre los dioses indoiranios, grecolatinos y germánicos (Parte II).



Antes de adentrarnos en el desarrollo de cada uno de los panteones que mencionamos en la anterior parte del monográfico, me gustaría que en esta segunda entrega viéramos sintéticamente qué es aquello de la trifuncionalidad indoeuropea señalada al principio del monográfico. Para ello, veamos quién fue el principal impulsor de esta idea. Aprovechamos para comentar que toda la bibliografía empleada para el desarrollo de este monográfico se indicará al final del mismo, con la última entrada que publiquemos.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El panteón indoeuropeo. Breve aproximación a las similitudes entre los dioses indoiranios, grecolatinos y germánicos (Parte I).



El presente monográfico se va a centrar en un tema que ha llamado la atención tanto de filólogos como de historiadores con respecto al acerbo cultural de los pueblos indoeuropeos: el panteón indoeuropeo. Es uno de los aspectos más complejos a la hora de reconstruir la sociedad y, más concretamente, el pensamiento y la religiosidad de dichos pueblos. Para el artículo, dividido en varias partes, voy a utilizar como herramientas bibliográficas obras de diversos autores expertos en historia, religión y folclore europeos, con especial hincapié en George Dumézil, especialista en el particular, el cual se ha sumergido en los rincones más ocultos y ancestrales del pasado religioso indoeuropeo a través del concepto de la trifuncionalidad, concepto que veremos y explicaremos en su momento.
Dado el importante número de religiones y cultos entre los también numerosos pueblos indoeuropeos, he elegido a tres de los más destacables, por una parte a los pueblos indoiranios, cuyo panteón es en gran medida usado por Dumézil para intentar hacer una reconstrucción de la religiosidad originaria indoeuropea, por otra parte el archiconocido panteón grecolatino y, por último, el panteón germánico-escandinavo. A su vez, dada la cantidad de dioses que existen en estos panteones, he intentado hacer una selección de los que he considerado más importantes y fáciles de analizar gracias a la cuantiosa información que tenemos sobre ellos.
El objetivo de este monográfico es intentar comprender y analizar los puntos en común que unen a estas tres religiones indoeuropeas tan alejadas geográficamente pero tan relacionadas a nivel conceptual. Dicho esto a título introductorio pasemos a explicar quiénes eran los llamados pueblos indoeuropeos.

lunes, 3 de febrero de 2014

Hallan las ruinas del que podría ser el templo romano más antiguo.


Desde hace años los arqueólogos habían teorizado sobre la existencia del templo más antiguo de Roma en la base del Monte Capitolino, cerca de las ruinas del Templo de Júpiter que ostentaba hasta ahora es categoría, pero no había sido posible adentrarse en los yacimientos arqueológicos de la zona, de extrema complejidad, por encontrarse en un terreno que se encuentra en parte anegado por las inmediaciones del río Tíber. De hecho, el templo excavado ahora, que los expertos creen que estaba dedicado a la diosa Fortuna, estaba situado en lo que antiguamente formaría parte del puerto del río, ya que entonces el Tíber formaba un codo en la base de la colina.
El puerto habría sido el enclave esencial del comercio de la ciudad, que ya tendría intercambio con Egipto y la zona del Líbano. Los arqueólogos de la Universidad de Michigan y Calabria han hallado los restos debajo de la iglesia de San Homobono, a los pies del Monte Capitolino, a unos dos metros debajo del agua, una tarea ardua enmarcada en un proyecto en el yacimiento de Homobono, que se inició en 2011. Los hallazgos revelados ahora se habrían producido durante las excavaciones realizadas el pasado verano.
Los arqueólogos al frente del proyecto, Albert Ammerman y Nick Terrenato, han puntualizado a los medios que se trata de un fascinante descubrimiento, casi con toda probabilidad el templo más antiguo que se conoce hasta ahora, aunque Ammerman ha incidido en que habría habido templos anteriores construidos con madera, que no habrían podido perdurar debido al deterioro.

Los cientos de vestigios recuperados de debajo del agua como la cerámica griega han permitido datar el templo alrededor de los comienzos del siglo VI a. C. lo que le convertiría en el más antiguo del que se han hallado restos, sólo comparable con el templo de Júpiter, también en el Monte Capitolino. Además, se han encontrado ofrendas de todo tipo como copas, figuras de bronce, hueso y marfil, lo que refuerza la idea de su dimensión como santuario para garantizar el buen comercio.

Para poder acceder a los cimientos del templo los expertos han tenido que cavar una trinchera rectangular de cuatro metros por la que una grúa hizo descender planchas de metal que contuvieran el agua y lodo para poder excavar. Los arqueólogos tenían que trabajar encerrados en ese pequeño espacio durante unas ocho horas, luchando contra la claustrofobia y el temor de que el agua pudiera irrumpir de nuevo anegando la trinchera.
Abajo se toparon con otra sorpresa y es que la piedra utilizada para su construcción parece haber sido importada, ya que no se corresponde con la de tipo volcánico de la zona que se solía usar. Un material de mejor calidad y resistencia como prueban el que las esquinas aún mantengan un considerable filo en vez de haber sido más redondeadas por la erosión.

La excavación ha sido de momento fugaz debido a sus complicadas características, por lo que apenas estuvo unos días visible antes de volver a retirar las planchas e inundar de nuevo la trinchera. No obstante, ya está planificada una nueva excavación para el próximo verano ya que es como “la caja de un diamante en la rivera de un río” según las palabras de Nick Terrenato.
 
 
(Fuente: La aventura de la Historia. Autor: Julio Martín Alarcón).

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Historia en la pantalla: El Reino de los Cielos (2005, Ridley Scott)

FICHA
Director: Ridley Scott
Año: 2005
Guión: William Monahan
Música: Harry Gregson-Williams
Fotografía: John Mathieson
Reparto: Orlando Bloom ---- Balian de Ibelin
            Eva Green ----------- Sybilla
           Jeremy Irons -------- Tiberias
           Liam Neeson -------- Godofredo de Ibelin
           Marton Csokas ------ Guy de Lusignan
           David Thewlis -------- Hospitalario
           Ghassan Massoud ---- Saladino
           Brendan Gleeson ----- Reinaldo de Châtillon
           Edward Norton ------ Rey Balduino IV
           Alexander Siddig ----- Nasir
           Michael Sheen ------- Sacerdote
           Velibor Topic -------- Almaric

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viernes, 6 de diciembre de 2013

El Tetramorfos

Entre las diversas manifestaciones artísticas del medievo europeo (ya sea en portadas, frescos o códices miniados), es frecuente encontrar como tema recurrente la imagen del Tetramorfos, la cual va a ser el motivo de análisis de esta nueva entrada dedicada al apasionante campo de la simbología e interpretación artística.

El Tetramorfos (del griego tetra (cuatro), morfo (forma)), es una representación iconográfica que consta de cuatro elementos diferenciados. Debido a que nuestras raíces culturales derivan en gran medida del cristianismo, la representación tetramórfica que más se recoge en los edificios y objetos decorativos del viejo continente es aquella formada por los Cuatro Apóstoles, de forma similar a la que se muestra en la figura inferior:


 Representación del Tetramorfos, con el Agnus Dei (Cordero de Dios) en el centro.
Talla medieval en marfil.

- El Ángel se asocia con Mateo, debido a que su evangelio comienza haciendo un repaso al linaje ancestral de Cristo. Además simboliza el amor.

- El León se identifica con Marcos, cuyo evangelio comienza hablando de la “voz que clama en el desierto”, refiriéndose a Juan el Bautista, cuyo “rugido” en las arenas del desierto se asocia al león. Simboliza el poder.

- El Toro se asocia a Lucas, pues su evangelio se inicia narrando el sacrificio realizado por Zacarías, padre de Juan el Bautista. Simboliza la fuerza.

- Por último, el Águila hace referencia a la figura de Juan, ya que su evangelio, al ser el más abstracto y metafórico, de alguna manera se “eleva” sobre los demás, lo que invita a relacionarlo con el vuelo y visión perspectiva del águila. Simboliza la inteligencia.

Sin embargo, nuestro objetivo no es tan sólo el meramente descriptivo. Lo que nos proponemos en esta entrega es realizar una pequeña labor de investigación, en la que trataremos de encontrar los orígenes que fundamentan el tetramorfos cristiano a través de un viaje hacia atrás en la Historia y el tiempo.

Los símbolos no nacen por generación espontánea. Normalmente, la forma final de un símbolo ha sufrido un lento proceso de génesis y transformación en el que, en la mayoría de los casos, toma elementos no sólo de la cultura a la cual pertenece, sino también de otras con las que directa o indirectamente ha mantenido algún grado de relación. Algunos símbolos que en principio pudieran parecer estandartes de una cultura determinada resultan ser, tras un estudio más detenido, una reinterpretación de uno ya existente en otra cultura con la cual, de uno u otro modo, mantuvo algún nivel de interacción en algún momento de su historia.

Necesariamente nuestro viaje ha de comenzar acudiendo a la fuente canónica por antonomasia de la imaginería católica: la Biblia. En el Apocalipsis (s.I-II d.C) ya se hace mención al tetramorfos, concretamente en el capítulo cuarto, donde se describe una visión del Pantocrátor rodeado por los símbolos de los apóstoles en la forma citada anteriormente. No obstante, no se trata ésta de una imagen genuina en absoluto: por el contrario, se toma prestada de un libro bíblico muy anterior, en concreto del quinto de los libros proféticos: el Libro de Ezequiel. El Apocalipsis es una obra de carácter escatológico, y como tal está escrito mediante el uso de un lenguaje eminentemente simbólico y metafórico, casi críptico, cuajado de continuas referencias eruditas a pasajes procedentes de libros canónicos, habiendo siendo particularmente influido por imágenes previamente presentadas por el profeta Ezequiel.

Retrocedamos pues ocho siglos en la historia del pueblo hebreo hasta el s.VI a. C; es en el capítulo primero del Libro de Ezequiel (el referente a la visión del carro de fuego), cuando por primera vez se referencia la versión del tetramorfos mas extendida en la iconografía cristiana:

Ezequiel, c1, v4: “Yo miré. Vi un viento huracanado que venía del norte, una gran nube con fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor del electro, en medio del fuego. Había en el centro como una forma de cuatro seres cuyo aspecto era el siguiente: tenían forma humana. Tenían cada uno cuatro caras, y cuatro alas cada uno [...] En cuanto a la forma de sus caras, era una cara de hombre, y los cuatro tenían cara de león a la derecha, los cuatro tenían cara de toro a la izquierda, y los cuatro tenían cara de águila. Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto…”



 El Profeta Ezequiel. Miguel Ángel, Capilla Sixtina (Roma).

Pero, ¿por qué elige Ezequiel esa metáfora en particular? En este caso, según cuenta el propio profeta en la introducción a su obra, el símbolo nace de una visión, una manifestación inconsciente fruto de un conocimiento adquirido de manera involuntaria  ¿Qué inspiraba pues la imaginación del profeta? Lo primero que debemos resolver es el contexto histórico y el marco temporal en el que se encontraba. La época en la que fueron escritas estas palabras fue crítica para el pueblo de Israel. En el año 598 a.C sube al trono de Judá el rey Joaquín (también conocido como Jeconías). Tan sólo un año después, en el 597, Nabucodonosor II el Grande, rey de Babilonia, invade el reino de Israel y toma previo asedio su capital, Jerusalén, destruyendo el mítico Templo de Salomón, haciendo prisioneros al propio Joaquín y a miles de ciudadanos y prebostes de la corte, a los cuales deporta a Babilonia en un exilio sin precedentes que se extendería durante décadas. Uno de esos prisioneros fue precisamente Ezequiel (del hebreo: Yejez·qé', que significa “Dios Fortalece”), joven perteneciente a un destacado linaje sacerdotal, que con el tiempo llegaría a ser un eminente teólogo y una de las figuras icónicas de la historia del pueblo hebreo. Según cuenta él mismo, “en el año quinto de la deportación del rey Joaquín, en el año treinta, del día cinco del cuarto mes” (contaba pues con treinta años de edad), y “estando entre los deportados a orillas del río Kobar” (afluente cercano al Éufrates, río que atravesaba Babilonia de Norte a Sur), es llamado por Yahveh al cargo de profeta entre los exiliados en Babilionia, posición prominente que ocuparía durante muchos años.


“Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén.” Rembrandt, óleo sobre tabla, 1630 (Rijksmuseum, Ámsterdam.) Jeremías, profeta coetáneo a Ezequiel, sufrió también la toma de Jerusalén, la cual había anticipado años atrás. La caída de la ciudad fue interpretada como un castigo divino por la corrupción y degradación en la que se hallaba inmersa la clase dirigente hebrea.

Tenemos pues al profeta ubicado ya en un marco espacial, temporal y cultural desde el cual interpretar su obra. Para ello, es preciso en este punto abandonar las fuentes bíblicas para asomarnos a las culturas de los pueblos que de una u otra forma influían la cultura hebrea del momento.

Algunos estudiosos afirman con contundencia que las visiones de Ezequiel estarían inspiradas en el zodiaco babilónico. El zodiaco se refiere a una banda imaginaria trazada sobre la esfera celeste, que se extiende de ocho a nueve grados a ambos lados de la eclíptica (línea aparentemente recorrida por el sol a lo largo de un año con respecto al fondo inmóvil de las estrellas), por la que transcurre el movimiento del sol y los planetas. Los babilonios, grandes astrónomos y matemáticos - el ziggurat de Babilonia (la mítica Torre de Babel) era por aquel tiempo el mayor centro astronómico del mundo - fueron los primeros que dividieron esta banda en doce partes iguales, siendo cada una de ellas un segmento del cielo de una extensión de treinta grados de arco (30ºx12=360º), bautizadas bajo el nombre de las doce constelaciones más destacadas que veían en cada uno de dichos segmentos, a las cuales asignaron nombres de animales. Esta región zodiacal subdividida en doce partes iguales se venía utilizando como calendario ya desde el s.XX a.C. Los griegos copiaron el sistema, y de ahí el nombre de zodiaco (del griego zoos, animal), que ha permanecido prácticamente inalterado hasta nuestros días. Puesto que Ezequiel se encontraba cautivo en Babilonia en el periodo en el que escribió su libro profético, es lícito pensar que pudiera inspirarse en el zodiaco para elaborar su tetramorfos; el hombre alado sería Acuario, el León se identificaría con Leo, el toro correspondería a Tauro y el águila se asignaría la figura de Escorpio.

A pesar de la solidez de esta teoría, desde mi punto de vista debe considerarse, cuanto menos, incompleta. La hibridación simbólica no es un rasgo genuino del arte babilónico durante la época de Nabucodonosor II; véanse por ejemplo los relieves de la puerta de Ishtar (la gran puerta monumental de Babilonia, construida durante el reinado del rey Nabucodonosor II, que hoy en día podemos admirar en el Museo de Pérgamo en Berlín). En ellas tan sólo aparecen representaciones animales puras (leones, toros…), pero nunca seres mezcla de partes animales y humanas. Las figuras androcéfalas mesopotámicas (los famosos toros antropomorfos o Lamassu, como el que se muestra en la imagen inferior) son más propias del arte asirio, casi dos siglos anterior al tiempo de Nabucodonosor II, aunque situado en la misma región espacial. Es lógico pensar que los babilonios de la dinastía caldea (de la cual Nabucodonosor I fue su máximo representante), podrían haber heredado de los asirios la costumbre de colocar a la entrada de la puerta de sus palacios figuras antropomorfas a modo de deidad protectora y benéfica.


Lamassu asirio. Bajorelieve procedente del palacio de Sargón II en Dur Sharrukin (actual Khorsabad, Irak). Museo del Louvre (París).

La argumentación podría tecnificarse aún más, sin aportar en modo alguno mucha más luz sobre esta hipótesis. Es robusta en todos los aspectos, pero en Antiquus preferimos no detenernos aquí. Daremos un paso más allá, y por ello optaremos por exponer otra teoría establecida a principios del siglo XX por el eminente psiquiatra y estudioso del símbolo Carl Gustav Jung, la cual, aun siendo menos extendida, es a mi parecer mucho más natural.

La influencia del imperio babilonio sobre los judíos de la época es indiscutible, pero quizás su evidencia nos impide percibir la influencia del otro de los grandes imperios de su tiempo. Si la superpotencia con la que lidiaba el reino de Israel por su frontera asiática era Babilonia, el Imperio Egipcio lo era al otro lado de la península del Sinaí. Es bien sabido que, desde sus inicios, Israel mantuvo con Egipto estrechas relaciones, las cuales sufrieron varias etapas de paz-enfrentamiento repetidas en el tiempo. Inherente a ese proceso de intercambio económico y geopolítico, subyace siempre una componente muy importante de permeabilidad cultural que, sin pretenderlo, configura buena parte del sustrato de toda relación diplomática; desde las relaciones establecidas entre las cortes al más alto nivel, hasta la “micropolítica” practicada en el marco de los intercambios cotidianos entre individuos de ambos lados de la frontera, el continuo proceso de ósmosis de símbolos y cosmogonías entre interlocutores de diferentes culturas ha sido un factor crucial en la formación de los pueblos y en la construcción de su historia.

Evidentemente, la originalidad y riqueza de la cultura egipcia no se circunscribió únicamente a las fronteras naturales del reino de los faraones; lejos de eso, su tremenda personalidad influyó en todo el mundo conocido, y el pequeño reino de Judá no fue una excepción: la propia arquitectura del templo de Salomón recordaba de manera clara las estructuras y la geoemetría de los primeros templos egipcios. Es por tanto en Egipto donde Jung busca el origen del Tetramorfos cristiano.

Una de las deidades más carismáticas del panteón egipcio fue sin duda el dios Horus, hijo de Osiris, vinculado a la realeza y al culto solar ya desde los tiempos predinásticos (5000 a.C.).


 Horus, representado como un hombre con cabeza de halcón.

En futuras entradas hablaremos largo y tendido sobre la influencia crucial que la mitología de Horus tuvo en la redacción de los evangelios canónicos, así como de las similitudes entre su vida y la del propio Jesús de Nazaret. Lo que nos interesa ahora es sobre todo su descendencia, o mejor dicho, el corpus iconográfico asociado a su representación.

Uno de los aspectos más importantes de la ceremonia de momificación de los muertos en Egipto era el momento en el que el embalsamador extraía las vísceras principales del cuerpo del difunto. Después de ser deshidratadas y tratadas con ciertos productos químicos, las cuatro vísceras más importantes del organismo (el hígado, los intestinos, el estómago y los pulmones) se envolvían en vendas de lino y se depositaban en cuatro recipientes denominados vasos canopos, en cuyo interior quedaban sumergidos en un líquido llamado “líquido de Horus”. En la tapa de estas pequeñas vasijas se representaban las formas de los cuatro hijos de Horus (Amset, Hapy, Kebehsenuf y Duamutef), cuya función era proteger su contenido de la destrucción. El hígado se depositaba en un canopo sellado con una tapadera con forma de cabeza humana, que representaba a Amset; por su parte, los pulmones se introducían en la vasija protegida bajo el símbolo de Hapy, representado por la cabeza de un babuino; la custodiada por Kebehsenuf albergaba los intestinos, y tenía forma de cabeza del halcón; por último, el dios Dumutef, representado por la cabeza de un chacal, custodiaba el estómago del difunto.


Vasos canopos: los cuatro hijos de Horus.

El marco temporal encaja a la perfección, pues las representaciones canopas preceden en el tiempo a las visiones de Ezequiel por espacio de milenios. Por otro lado, la ceremonia de momificación era uno de los rasgos más genuinos de la religión egipcia, y era bien conocida por el resto de las culturas con las que mantenía relación, con lo que un hombre erudito como Ezequiel sin duda sería conocedor de sus características. Además, la comparación entre la primera imagen mostrada en el artículo y la imagen superior en la que se incluye la fotografía de los cuatro vasos canopos revela una similitud cualitativa que habla por sí misma.

Así pues, concluimos que la visión de Ezequiel estuvo posiblemente influida de manera consciente o inconsciente por las representaciones figurativas de los vasos canopos y que, por tanto, para encontrar el germen del tetramorfos cristiano - cuya versión estándar aparece en el Apocalipsis de San Juan - hay que remontarse a la milenaria mitología egipcia, concretamente a las imágenes simbólicas de los cuatro hijos de Horus utilizadas en las ceremonias mortuorias del legendario reino del Nilo.

Nacho del Val


Bibliografía:

- CARCENAC PUJOL, CLAUDE-BRIGITTE. Jesús, 3000 años antes de Cristo. Barcelona: Editorial Plaza y Janés, 1991

- G. WAGNER, CARLOS. Historia del Cercano Oriente. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1999.

- JUNG, CARL G. El hombre y sus símbolos. Barcelona: Editorial Carlat. Biblioteca Universal, 2002.

- LÓPEZ MELERO, RAQUEL. Breve Historia del Mundo Antiguo. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces, 2012.





martes, 26 de noviembre de 2013

Buda nació en el siglo VI a. C. y no en el III a. C., según un nuevo hallazgo.

 
Un equipo de arqueólogos ha descubierto en Nepal las primeras ruinas asociadas directamente con la figura de Buda, que se han podido fechar en el siglo VI a. C. Se trata de una estructura de madera que se habría constituido en santuario en esa época para conmemorar su nacimiento, y ha sido hallada bajo el templo de Maya Devi, en Lumbini, del siglo III a. C., redescubierto en 1896, y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Lumbini es el lugar que se había asociado al nacimiento de Buda, aunque en una epoca muy posterior.

Hasta ahora las únicas evidencias arqueológicas del Budismo de las que se tenía constancia en Lumbini se remontaban al siglo III a. C.. época en la que el emperador Asoka difundió las enseñanzas del budismo desde el actual Afganistán hasta Bangladesh. Las excavaciones en el templo de Maya Devi han mostrado una estructura de madera con las mismas formas del templo que lo tapó tras ser reconstruido por el emperador Asoka, con un espacio abierto en el centro que rememora la natividad de Buda. Así las ruinas evidencian que en el pasado hubo un árbol dentro de ese espacio lo que explicaría la historia sobre el nacimiento de Buda ya que su madre le dio a luz según la tradición mientras agarraba una rama.

El equipo internacional dirigido por Robin Coningham y Kosh Prasad Acharya, ha comunicado a los medios que el hallazgo contribuirá a arrojar luz sobre los inicios del desarrollo del Budismo, así como la importancia espiritual de Lumbini. Conningham ha explicado que aparte de textos escritos y tradiciones orales no se tenían evidencias más tangibles, arqueológicas de la vida de Buda por lo que decidieron investigar este campo. 
El resultado ha servido para trazar por primera vez la secuencia arqueológica de Lumbini, que muestra que la primera construcción dedicada a Buda estaba ya allí en el siglo VI a. C. y no en el III o IV a C. como teorizaban los expertos y estudiosos sobre la figura del padre de Budismo.