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domingo, 5 de abril de 2015

El Planisferio de Cantino: El mapa maestro de Portugal.

Llegada de Vasco de Gama a la costa de Calicut, en la India (1498).

En esta nueva entrada cambiaremos de línea temporal y nos adentraremos en un periodo de la Historia que, a título personal, es uno de los más interesantes y complejos, el de los grandes descubrimientos. Destaca sobre todo el ámbito de los mapas, pues a medida que se iban conociendo y explorando nuevos territorios tanto más iban creciendo los contornos dibujados de las nuevas costas. Por ello os traemos uno de los mapas más importantes de este periodo, tanto porque ya mostraba los descubrimientos hechos por Colón como por el nivel de secretismo al que estaba sujeto por parte de la corona portuguesa. Esperamos que os guste.

lunes, 19 de mayo de 2014

Una nueva tumba de “vampiro” hallada en Polonia.


Para que no pudiera regresar a la vida y salir de su féretro le clavaron una pierna con una estaca. La piedra que colocaron en su boca estaba destinada a evitar que una vez resucitado siguiera bebiendo sangre…Así han encontrado un equipo de arqueólogos polacos en Kamien Pomiorski, Polonia, mientras excavaban en un cementerio que estaba cerca de la iglesia de la ciudad. Datado en torno al siglo XVI, el enterramiento revela los temores y creencias de esta época en Europa del Este acerca de la existencia de vampiros.
Los datos arqueológicos reunidos en los últimos años, afianzan la existencia de estas creencias y rituales mortuorios en torno a estos seres, ya que no es el primer caso de este tipo, en otra ciudad de Polonia, Gliwice, fueron encontrados cuerpos de entre los siglos XV y XVI con características similares, en este caso con la cabeza cortada situada entre las piernas.

En Sozopol, Bulgaria, otros dos enterramientos más antiguos -en torno a los siglos XIII o XIV- se descubrieron con un ritual mucho más cercano a las historias de vampiros de ficción que conocemos de los siglos XIX y XX, y que están grabadas en el imaginería popular ya que fueron enterrados con las icónicas estacas clavadas en el corazón que evocan siempre a los inmortales bebedores de sangre.

Destacan entre las historias que popularizaron el género de vampiros la originaria novela Drácula (1897) de Bram Stoker, o la más reciente La historiadora (2005) de Elisabeth Kostova, que también investiga en los orígenes del mito del conde Vlad Tepes.
En los años treinta los estudios Universal popularizaron la imagen del conde de Dráculacon una serie de películas interpretadas por el actor de origen húngaro Bela Lugoshi, que antes de su muerte en 1956, identificado totalmente con el personaje pidió que le enterraran con la característica capa del conde Drácula.
En los 90, el género se revitalizó en el cine, primero con la adaptación de la novela de Bram Stoker que llevó a cabo el renombrado director Francis Ford Coppola. Drácula (1992) resultó una película que obtuvo buenas críticas y que impulsó las carreras de Winona Ryder y Gary Oldman e hizo lo que pudo por la de Keanu Reeves, el otro vértice del triángulo protagonista.
En esa misma época se revisó la serie de novelas de la escritora estadounidense Anne Rice, cuya Entrevista con el vampiro (1977) fue llevada a la pantalla con notable talento por parte de Neil Jordan en 1994, el reparto estelar incluía a Brad Pitt, Tom Cruise,Stephen Rea, Christian Slater y Antonio Banderas, aunque el peso recaía sobre el primero de ellos, la película se la acabó robando Tom Cruise, que firmaría uno de sus mejores trabajos.
Más arriesgada y memorable fue Adicción (1995) de Abel Ferrara que sumergía a los bebedores de sangre, con Christopher Walken a la cabeza, en el submundo de la droga.
Lejos de la imagen sórdida de Ferrrara, la fascinación por estos seres inmortales que no envejecen se plasmó en la saga Crepúsculo, destinada a un público adolescente con un notable éxito tanto en las novelas como en las versiones cinematográficas interpretadas por Robert Pattison.

Queda por saber qué elementos reales o imaginados, que sugestión, enfermedad o rareza, convertía, entre los siglos XII y XVI a personas de ser sospechosas de vampirismo, quizás los análisis de los restos hallados en los últimos años den pistas sobre ello.

domingo, 29 de diciembre de 2013

La Alquimia, el arte de la transmutación (Parte III: El instrumental alquímico y el trabajo del alquimista).


Prosigamos con el monográfico, esta vez centrados en el instrumental y el trabajo del alquimista, dos de los temas más interesantes dentro del mundo de la alquimia. Primeramente es conveniente saber que en la Grecia clásica será donde la alquimia empiece a adquirir algunas de sus características que más tarde se harán definitivas. Una de ellas, la primera y más importante, es el proceso de destilación. Hasta los primeros alquimistas griegos, la destilación era algo completamente desconocido en el mundo. La primera descripción de un alambique que ha llegado hasta nosotros se atribuye a uno de los primeros alquimistas femeninos conocidos, María la Judía, y es citado a su vez por otro de los alquimistas más célebres de la antigüedad, Zósimo, gracias a cuyos escritos ha llegado hasta nosotros buena parte de la alquimia griega. Este aparato (que esencialmente no sufrió ninguna variación hasta 1860) nos es descrito por Zósimo como un alambique de tres brazos, cuya utilidad (la de los tres brazos) no ha quedado aún suficientemente aclarada, ya que no estriba en la selección de los productos destilados, y se ignora cualquier otra posible aplicación. De todos modos, el alambique de tres brazos o tribikos fue muy usado a lo largo de los años por todos los alquimistas, al igual que el más normal de dos brazos o dibikos. A María la Judía se le atribuyen también otros varios inventos alquímicos, como son el método de calentar una sustancia mediante vapor de agua (método que en muchos países se conoce aún por "Baño María"), y el Kerotaxis.
El atanor es el instrumento básico del alquimista. Es un horno, pero se le conoce por atanor, ya que proviene del árabe al-tannur, que significa precisamente eso, "el horno". El horno alquímico, según la descripción que de él nos hace el alquimista Geber, ha de ser "cuadrado, de cuatro pies de longitud, tres de anchura, y un grosor de medio pie en las paredes". Los materiales a calcinar deben ser colocados dentro del horno en cazuelas de arcilla lo más resistentes posible, "como la arcilla que se emplea para la formación de crisoles, a fin de que puedan resistir la fuerza del fuego, incluso hasta la combustión total de la cosa a calcinar".

lunes, 16 de diciembre de 2013

La Alquimia, el arte de la transmutación (Parte II: Dos alquimias dentro de una: la exotérica y la esotérica).



  • Dos alquimias dentro de una: la exotérica y la esotérica.

Dentro de la alquimia propiamente dicha existen, digamos, dos tipos de alquimia: una externa y otra interna, una exotérica y otra esotérica. La primera de ellas, a la que podríamos llamar "Alquimia pública", ya que es la más conocida, se basa en la búsqueda de la famosa piedra filosofal (o simplemente La Piedra), maravilloso material entre cuyos inefables poderes se cuenta la virtud de transformar los metales "viles", es decir, el hierro, cobre, zinc, plomo, mercurio, en metales preciosos: oro y plata. A veces, esta piedra es conocida también como el Disolvente Universal, y también algunas veces, erróneamente, como el Elixir de larga vida.
Sus practicantes no se diferenciaban, y posiblemente eran los mismos artesanos que poseían grandes habilidades para trabajar los metales. Incluso, muchas veces, estos pretendidos alquimistas exotéricos no eran más que estafadores que intentaban aprovecharse de los incautos, lo cual fue causa de muchas de las persecuciones a que se vio sometida la alquimia y de buena parte de su descrédito. La existencia de estos falsos alquimistas no quiere decir, sin embargo, que no hubiera otros alquimistas exotéricos honestos y entregados lealmente a su labor, dedicando toda su vida a la búsqueda de estas panaceas que, a juzgar por los libros, casi nunca llegaron a conseguir.

Sin embargo, la vertiente más interesante sin duda es la alquimia esotérica, la cual es más una filosofía y un arte, incluso un medio para buscar la transmutación interior del propio alquimista. Veamos en qué consistía.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La Alquimia, el arte de la transmutación (Parte I: Introducción y origen).




Numerosas han sido las veces que hemos oído esta palabra, muchos de vosotros, seguro, sin tener claro realmente lo que significa. El sólo término nos hace imaginar algo misterioso y esotérico, envuelto en un halo nebuloso que no deja ver mucho más allá. La alquimia es sin duda un tema de investigación fascinante y atrayente, del que hay una cantidad ingente de bibliografía; por ello, intentaremos hacer una disección explicatoria de esta práctica milenaria. La explicaremos como lo que realmente es, despojándola de los tópicos que se han ido creando alrededor de la misma y ahondando en su esencia primigenia, en su verdadero origen, viendo como fue evolucionando a lo largo de los siglos hasta su periodo de auge en el XVI y XVII y su posterior declive en el Siglo de las Luces.

Para que este monográfico sea más agradable de leer y menos cansado, puesto que su extensión va a ser considerable, voy a dividirlo en varias entregas. Eso sí, intentaré que no haya un espacio de tiempo muy prolongado entre cada una de ellas. Dicho esto como nota introductoria, veamos un índice de lo que nos espera en este viaje hacia la alquimia:

  • Introducción.
  • El origen de la alquimia.
  • Dos alquimias dentro de una: la exotérica y la esotérica.
  • El instrumental alquímico y el trabajo del alquimista.
  • La alquimia en el Medievo.
  • Su auge: siglos XV, XVI y XVII.
  • Su declive: siglo XVIII.
  • La alquimia hoy. 
___________________________________



  • Introducción.

Para comenzar con nuestro monográfico veamos, a título introductorio, qué nos dice el historiador del arte y estudioso de la tradición Titus Burkhardt, en su obra Alquimia:
"Desde el Siglo de las Luces, la alquimia ha sido considerada como precursora de la química moderna y, por tanto, casi todos los investigadores que se han ocupado de ella se han limitado a buscar en sus escritos el punto de arranque de los posteriores descubrimientos de la Química. Este enfoque unilateral ha permitido, por lo menos, sacar a la luz un cúmulo de antiguas prácticas artesanas para la preparación de metales, colorantes y vidrio, escogidas de entre unos procesos aparentemente absurdos que, sin embargo, desempeñaban el papel más importante en la alquimia propiamente dicha. El que tal legado fuera en realidad copioso hacía más inexplicable aún aquel tenaz apego de los alquimistas a las fórmulas de su «magisterio» que, desde el punto de vista químico, eran del todo insensatas. La única explicación consistía en suponer que el irresistible deseo de obtener oro ha tentado una y otra vez a los hombres a creer en fórmulas fantásticas que, si bien se mira, no son sino la aplicación práctica de la antigua filosofía natural, entreverada de supersticiones; algo así como si se hubiera tratado de infundir en el cuerpo la «materia prima» aristotélica de todas las cosas mediante una combinación de toscas operaciones manuales y mágicos conjuros. A nadie le pareció inverosímil que, del engaño en el error y del error en el engaño, un «arte» semejante pudiera extenderse y prosperar en las más diversas civilizaciones de Oriente y de Occidente durante cientos e incluso miles de años.

Y es que existía el convencimiento de que, hasta unos doscientos años atrás, la Humanidad había estado aletargada y hasta aquel momento no había despertado al claro entendimiento. Como si el entendimiento pudiera experimentar una especie de desarrollo biológico. Este concepto de la alquimia queda desmentido por el carácter unitario del «arte», pues la descripción que se hace de la «Gran Obra» en los textos alquímicos de los siglos y ámbitos culturales más distintos presenta unos rasgos fundamentales constantes, que no pueden calificarse de empíricos. La alquimia india tiene la misma esencia que la de Occidente, y la china, aunque dentro de un marco espiritual completamente distinto, guarda cierta similitud con ambas. Si la alquimia fuese pura fantasmagoría, su lenguaje llevaría el sello de la arbitrariedad y la insensatez; mas, por el contrario, tiene todos los rasgos de una auténtica tradición, es decir, de una enseñanza orgánicamente coordinada, aunque en modo alguno esquemática, y unas reglas invariables, confirmadas una y otra vez por sus maestros. Por tanto, no puede ser una hibridación ni una especie de casualidad en la historia de la Humanidad, sino que debe de anunciar una fe profundamente arraigada en las posibilidades del espíritu y del alma".


  • El origen de la alquimia

La alquimia es un arte tan antiguo como la propia humanidad. Su nacimiento puede fijarse dentro de la primera "industrialización", es decir, con la aparición del Neolítico. Cuando los primeros pobladores del mundo dejaron de preocuparse exclusivamente por sobrevivir, y empezaron a reunirse en comunidades, surgió lo que se ha dado en llamar la primera civilización urbana.
Fue en su seno donde nacieron los primeros oficios, junto con la agricultura y el pastoreo: la carpintería, la metalurgia, la alfarería, la fabricación de tintes y colorantes. Sus técnicas eran simples pero funcionaban. No existía una ciencia como tal: los métodos no habían sido fruto de la investigación, sino de la casualidad y de la observación de la naturaleza. Y en todos ellos se hallaba presente la magia, esa magia característica de los pueblos primitivos, que quería que cada elemento común al hombre tuviera su dios particular, tanto en las cosas del cielo como en las de la tierra. Pronto el ser humano comenzó a dotar a cada elemento de la naturaleza de un espíritu o genio. Ríos, árboles, animales, metales, todo comenzó a adquirir un ente propio, inseparable, y que llegaría a formar la esencia misma de dicho objeto. Pero no sólo este tipo de elementos, sino también los celestes, donde planetas y estrellas se comenzaron a ver como entidades superiores, cuasi conscientes; así fue como surgiría las astrología, la cual, como veremos, estaría muy ligada a la alquimia.
Al principio se trata, por supuesto, tan sólo de una alquimia infusa, que ni siquiera merece el nombre de tal, y que está basada en una serie de ideas puramente intuitivas: la unión de dos metales produce otro distinto y donde el tratamiento de un metal puede hacer variar su color y sus características. Todos estos fenómenos eran fácilmente interpretados por los antiguos como transmutaciones, no como distintas apariencias de un mismo metal. Y esto, naturalmente, se puede aplicar a todos los metales, incluso los considerados como preciosos.

Así empieza a desarrollarse el embrión de una idea de la que nacerá después el primitivo espíritu de la alquimia: la de "aumentar" el oro, la de conseguir cambiar otros metales en oro, ya que el oro es el metal precioso y noble por naturaleza, y uno de los más codiciados también.

Representación de un alambique en un tratado árabe sobre alquimia.

Las primeras huellas de la alquimia aparecen ya en Mesopotamia y Egipto. No obstante, el documento más antiguo sobre el particular se considera que es un edicto chino del año 144 a.C., en el cual el emperador Wen castigaba con la pena de ejecución pública "a los monederos falsos y falsificadores de oro", puesto que, según los comentaristas contemporáneos del edicto, últimamente se había registrado la fabricación de mucho "oro alquímico", que no era en realidad tal oro. Otros historiadores de la Alquimia afirman por el contrario que el libro más antiguo sobre el particular es el griego Physika, de Bolos de Mendes, escrito aproximadamente en el siglo II a.C., y en el que se describe cómo fabricar oro, plata, gemas y púrpura, con fórmulas y recetas obtenidas de otras fuentes más antiguas procedentes de Egipto, Persia, Babilonia y China.

Pero aunque fuera ya conocida de los egipcios y de los griegos, es a través de los árabes que la Alquimia toma su forma definitiva, a través de la cual pervivirá durante tantos siglos y llegará hasta nosotros. A ellos se debe incluso su propio nombre, ya que la palabra Alquimia proviene del vocablo árabe al-Kimia, en el que la partícula "al" es el artículo definido mientras que "Kimia" significa arte, por lo que cabrá traducir la etimología de la palabra como "El Arte". Precisamente la alquimia era considerado por muchos alquimistas como el Gran Arte o Ars Magna. Pero los problemas comienzan a aparecer cuando se intenta averiguar en qué se basaron los musulmanes, que recibieron la alquimia de la tradición greco-egipcia, para denominar a esta encriptada disciplina.
Para muchos estudiosos, kimia provendría directamente de la palabra kemt o kemet, la cual significa “tierra negra”, y es el nombre que los antiguos egipcios daban a su propio país para resaltar la fertilidad del oscuro terreno aluvial regado por el Nilo. Si esto es así, alquimia significaría, sin más, “arte egipcio” o bien, de forma más poética, “arte del país de la tierra negra”.
No obstante, para otros, la palabra posee su origen en la lengua griega o en otro idioma, distinto al egipcio, en todo caso. Alquimia vendría de khemeia, vocablo griego derivado, a su vez, de khumus, que se usaba para denominar la savia o el jugo de las plantas, por lo que significaría algo así como “arte de extraer jugos”. Si en lugar de una planta, la esencia o jugo extraído fuese el de un metal, la palabra khemeia podría relacionarse a su vez con “metalurgia”, y en este sentido, parece que estamos ante otra posible etimología, igual de válida que la anterior, que hace derivar el vocablo en cuestión del verbo griego chyma, que significa curiosamente “fundir”.

Sea como fuere, la verdad es que no existe un consenso sobre las raíces ciertas del término. Esto no ha de sorprendernos puesto que los mismos alquimistas siempre trataron de ocultar, disfrazar o encriptar la verdadera naturaleza, la verdadera esencia de su arte, manteniéndolo alejado de cualquier persona o colectivo ajeno a esta disciplina.

Y hasta aquí la introducción, seguiremos en unos días con la siguiente entrega ;)


Keltos.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

¿Existían brujas reales en la Europa de la Edad Moderna? Una reflexión histórica y social.



Para abordar esta cuestión debemos tener en cuenta un hecho fundamental: la imagen de la bruja que se tenía en las postrimerías de la Edad Media y durante todo el periodo moderno estaba constituida por numerosos elementos que se habían ido acumulando a lo largo de muchos siglos. Fundamentalmente reminiscencias y restos de cultos paganos (ecos lejanos de rituales germánicos, célticos o incluso grecolatinos, donde la mujer tenía una importancia capital en el mundo mágico), tradiciones populares, prejuicios sociales, etc. Todo ello, como digo, fue conformando una imagen estereotipada de la bruja como tal, donde tuvo una especial fuerza para tal fin la demonización de ciertas prácticas que se asociaron con la brujería, llevando así a la intolerancia y a la persecución, en una sociedad impregnada por los valores y la moral de una férrea doctrina cristiana.

La pregunta que encabeza esta reflexión es de difícil respuesta, no en tanto al componente mágico, es decir, si existían verdaderas brujas con poderes, pues todos sabemos que la magia no existe, sino al intento de determinar si existían esa clase de brujas “construidas”, esa imagen estereotipada de la bruja creada y convertida en motivo de persecución: ¿existían las brujas que realizaban pactos con el diablo, organizaban aquelarres y orgías salvajes o devoraban niños, que con tanto empeño persiguieron los inquisidores y los tribunales civiles en la época moderna? Intentemos dar respuesta a este interrogante.

Primeramente, al detenernos en la imagen que se tenía de una bruja en la modernidad, observamos una serie de rasgos típicos: mujer de edad avanzada, apartada de la sociedad y con cierto grado de marginación social, sospechosa de realizar pactos con el Diablo (a veces junto con otras brujas), capaz de realizar vuelos nocturnos, devoradora de niños, y otras tantas atribuciones más. Debemos tener en cuenta que toda fantasía tiene una fuerte base real, y en el caso de la reconstrucción del mundo de las brujas, se amalgaman visiones derivadas de los prejuicios cristianos sobre lo que a sus ojos es pagano, no vinculado a la creencia oficial, y la cultura y saber populares, de largos siglos de elaboración y transmisión campesina. La persecución de la brujería fue sin duda uno de los mecanismos puestos en marcha con el fin de destruir la cultura popular, y sus antiguos saberes, los cuales habían sobrevivido durante siglos. En los procesos de brujería se observa una gran mayoría de mujeres acusadas, en gran parte debido a que las mujeres eran precisamente las encargadas de salvaguardar esta sabiduría popular. Así pues, la Iglesia y el cristianismo en general comenzaron a demonizar estas prácticas que tanto tiempo se habían estado realizando, vinculándolas con rituales satánicos y otras veces, sobre todo cuando intervenían varios individuos, en orgías desenfrenadas. La demonización de estas antiguas prácticas llevó a la intolerancia y a la persecución. La imagen de la bruja satánica fue un importante mecanismo de control social y de dominio sobre el diferente. Fue la manera más eficiente de imponer una cultura hegemónica como la cristiana y erradicar de forma sistemática el saber y la cultura populares. Tampoco debemos olvidar, tal y como nos sugiere el especialista en el tema Stuart Clarke en su artículo “Brujería e imaginación histórica. Nuevas interpretaciones de la demonología en la Edad Moderna”, que la reforma religiosa llevada a cabo en este periodo, tanto de manos de católicos como de protestantes, intentó cambiar las creencias morales y espirituales de los europeos, viendo en la brujería y todo lo relacionado con ella, uno de sus principales impedimentos para realizar tal labor. Por ello la brujería fue objeto de numerosos ataques, tanto a nivel literario como en lo que a persecuciones se refiere, contribuyendo a que se crease una imagen despreciable de este colectivo.




No obstante, podemos ahondar más en la imagen de la bruja creada en la Edad Moderna. Sin embargo, para intentar comprender algunos de los motivos de esas atribuciones ficticias dadas a la figura de la bruja, deberemos acercarnos, en mi opinión, a algunos escritos de autores especialistas sobre la cuestión cuyo ámbito de estudio se centra en nuestra psiqué más profunda, en nuestros miedos más escondidos. Para ello veamos lo que nos dice Norman Cohn en el postafio de su obra “Los demonios familiares de Europa” sobre esta cuestión, sobre la fantasía y nuestros temores, algo intrínsicamente relacionado con la pregunta que estamos intentando contestar. 
Según el autor británico, las brujas, los hechiceros y demás individuos que practicaban actividades mágicas malignas representaban de una forma u otra los miedos más internos y ofuscadores que atormentaban a los europeos. Una serie de aspectos interesantes resaltados por Cohn y puestos en relación con esa invención de la imagen de la bruja a finales de la Edad media y sobre todo en época moderna, son, por un lado, la atribución a este colectivo de prácticas caníbales con niños y, por otro, la celebración de orgías desenfrenadas donde se convocaba al Diablo. Con respecto al primero de estos aspectos, Cohn nos dice que esta característica en la bruja tradicional no es otra cosa que un reflejo de “los deseos y angustias experimentadas en la infancia”, en cierta manera inconscientes y reprimidos. No obstante es un tema de difícil comprensión, aunque existe gran variedad de opiniones, pues, por ejemplo, entre los psicoanalistas este comportamiento caníbal hunde sus raíces, también como dice el autor inglés, en la infancia. Parece ser que algunos niños en los primeros años de vida reflejan comportamientos o impulsos caníbales, a veces proyectados en sus padres o incluso en sus hermanos, y que las fuentes de la fantasía son precisamente estos impulsos a los que se refiere. Pero también otras opiniones sugieren una actitud contraria: los padres son los que experimentan impulsos antropófagos hacia sus hijos. En resúmen, parece ser que esta serie de impulsos subconscientes reprimidos y detestables alimentarían el imaginario colectivo para dar forma a una bruja caníbal y devoradora de niños.

El segundo punto que aborda Cohn son las prácticas orgiásticas, en las que el Diablo solía hacer acto de presencia. El autor británico nos plantea una hipótesis a este respecto bastante interesante y a tener en cuenta: la celebración de estas orgías donde supuestamente las brujas daban rienda suelta a su desenfreno sexual obedece también a sentimientos reprimidos, concretamente a un resentimiento inconsciente contra todo lo que tiene que ver con el cristianismo y su rigorismo.

En fin, como conclusión para esta pequeña reflexión, sólo nos queda decir que la bruja, según lo que hemos ido viendo, fue transformándose a lo largo de los siglos, llegando al cúlmen de este proceso en la Época Moderna, donde su imagen fue modificada del todo, en la mayoría de los casos atribuyéndole aspectos ficticios e inventados de manos de los poderes eclesiásticos para intentar erradicar los últimos resquicios de tradiciones populares que persistían en algunos lugares. Para ello se inventaron pactos con el Diablo, aquelarres, orgías y actos caníbales, todo ello para demonizar a esta figura y que el conjunto de la sociedad, una sociedad cristiana, terminase por eliminarla de su vida. En mi opinión, y para concluir definitivamente, creo que las brujas, tal y como se las representaba en los siglos modernos, eran inexistentes: eran el reflejo de una excusa para imponer de una vez por todas la moral y las creencias cristianas allá donde supuestamente se necesitaban.


Bibliografía.

  • BERNARDEZ, Enrique. Los mitos germánicos. Madrid: Alianza, 2010. Alianza Ensayo.
  • CLARK, Stuart. “Brujería e imaginación histórica: Nuevas interpretaciones de la demonología en la Edad Moderna”, en María Tausiet and James Amelang (eds.), El Diablo en la Edad Moderna, Madrid: Marcial Pons, 2004, p. 38.
  • COHN, Norman. Los demonios familiares de Europa. Madrid: Alianza, 1992. Alianza Universidad.
  • RUSELL, J. Burton. La historia de la brujería: hechiceros, herejes y paganos. Barcelona: PAIDOS IBERICA, 1998.