Con esta tercera entrega concluimos nuestro monográfico sobre los godos. Sigamos por donde nos quedamos la última vez.
Como era de esperar, Alarico y los visigodos siguieron con sus ataques por el norte de Italia, incluso llegando a sitiar Rávena, sede del emperador Honorio. En estas fechas, alrededores del 406 d.C., encontramos gran cantidad de escritos eclesiásticos anunciando el fin del mundo y el castigo divino por los pecados del hombre; incluso a Alarico se le veía como un enviado de Dios (con Atila ocurrirá algo parecido). Esto muestra el estado psicológico en el que se encontraban los habitantes del Imperio por aquel entonces, un estado de miedo total y horror. Ya en el 408 d.C., Alarico siguió con su avance arrollador por toda Italia hasta llegar a las puertas de Roma en verano del 410. La Urbe, La Ciudad Eterna, vería como, tras más de 700 años sin ser invadida, un grupo de bárbaros penetraría hasta el corazon mismo del Imperio, ya agonizante, y llevarían a cabo una auténtica carniceria: casas calcinadas, miles de muertos esparcidos por las calles, gente refugiada por doquier,... Hay que tener en cuenta y recordar que Alarico era cristiano y había recibido educación romana lo cual contribuyó a un hecho sorprendente, y es que todas las iglesias y principales monumentos romanos se dejaron intactos y no fueron saqueados.
Así pues, los visigodos permanecieron tres días en Roma, tras los cuales se dirigirían al sur de la Península Itálica, sin embargo, cuando iban a cruzar hacia Sicilia Alarico murió. Le sucedería Ataulfo (viene a significar “lobo prestigioso” o “lobo noble”). Con él el rumbo del viaje cambió y volvieron nuevamente atravesando Italia hasta llegar a las puertas de las Galias, donde los sucesos que estaban por llegar alcanzarían una magnitud e importancia como nunca antes habían sido visto por los visigodos...

