lunes, 16 de diciembre de 2013

La Alquimia, el arte de la transmutación (Parte II: Dos alquimias dentro de una: la exotérica y la esotérica).



  • Dos alquimias dentro de una: la exotérica y la esotérica.

Dentro de la alquimia propiamente dicha existen, digamos, dos tipos de alquimia: una externa y otra interna, una exotérica y otra esotérica. La primera de ellas, a la que podríamos llamar "Alquimia pública", ya que es la más conocida, se basa en la búsqueda de la famosa piedra filosofal (o simplemente La Piedra), maravilloso material entre cuyos inefables poderes se cuenta la virtud de transformar los metales "viles", es decir, el hierro, cobre, zinc, plomo, mercurio, en metales preciosos: oro y plata. A veces, esta piedra es conocida también como el Disolvente Universal, y también algunas veces, erróneamente, como el Elixir de larga vida.
Sus practicantes no se diferenciaban, y posiblemente eran los mismos artesanos que poseían grandes habilidades para trabajar los metales. Incluso, muchas veces, estos pretendidos alquimistas exotéricos no eran más que estafadores que intentaban aprovecharse de los incautos, lo cual fue causa de muchas de las persecuciones a que se vio sometida la alquimia y de buena parte de su descrédito. La existencia de estos falsos alquimistas no quiere decir, sin embargo, que no hubiera otros alquimistas exotéricos honestos y entregados lealmente a su labor, dedicando toda su vida a la búsqueda de estas panaceas que, a juzgar por los libros, casi nunca llegaron a conseguir.

Sin embargo, la vertiente más interesante sin duda es la alquimia esotérica, la cual es más una filosofía y un arte, incluso un medio para buscar la transmutación interior del propio alquimista. Veamos en qué consistía.

La alquimia, en su rama más pura, no se continuaría tan solo por el aprendizaje, sino también por tradición. Todos los libros de alquimia nos hablan del "Gran Secreto", del secreto de la Piedra filosofal, que jamás ha sido revelado públicamente. En ninguno de ellos se menciona la posible naturaleza de este secreto, ni siquiera del modo cómo encaja dentro de los trabajos de la alquimia. Pero en lo que sí están todos de acuerdo es en que ésta, la del "Gran Secreto", es la base de toda la tradición alquímica. Los neófitos que iniciaban sus tanteos alquímicos sufrían en sus primeros ensayos numerosos, totales y estrepitosos fracasos. Era algo así como una "prueba del fuego", la prueba de su iniciación y de su purificación. Era también una criba: sólo los que no se desanimaban y continuaban trabajando pese a los continuados fracasos merecían entrar en la "casta de los alquimistas" y ser conocedores del Gran Secreto. Secreto que les era revelado generalmente por otro alquimista, su Maestro, bien en su lecho de muerte, para que el secreto no se fuera con él a la tumba sino que tuviera continuidad, o simplemente cuando se apercibía de que su discípulo merecía realmente conocerlo.

Signos alquímicos asociados a algunos metales.

Ningún alquimista divulgó jamás públicamente su secreto, ninguno lo vendió a otras personas. Lo traspasaban a alguno de sus discípulos, para que continuaran en su nombre la Gran Obra. Esto no quería decir que hubieran llegado a alcanzar el secreto de la Piedra filosofal, sino que, en la mayor parte de las ocasiones, se trataba tan sólo del estado de adelanto de sus investigaciones. Sherwood Taylor nos dice al respecto que algunos alquimistas, como Charnock, fueron instruidos en una hora, mientras que otros, como Norton, necesitaron cuarenta días.

Si observamos los grandes libros de alquimia (como la Tabla Esmeralda, los libros de Zósimo, las obras de Geber o el Mutus Liber) lo primero que nos sorprenderá será su profundo simbolismo. Su profundo y deliberado simbolismo, nos atreveríamos a decir. Porque el afán de los alquimistas en mantener secretas sus artes a fin de preservarlas de los intrusos y de los no iniciados les hizo concebir sus libros en forma simbólica e ininteligibles para los no adeptos. La simbología alquímica es enorme, extensísima, y abarca todo su conjunto. Sus fórmulas son indescifrables para quien no haya estudiado antes a fondo los distintos artes alquímicos, lo que por otra parte hace pensar a algunos autores modernos en la posibilidad de que se trate no de libros esotéricos sino sencillamente de libros "técnicos" (dentro del restringido sentido que se puede dar a la palabra "técnico" con referencia a la época medieval), ininteligibles para los "no técnicos", al igual que hoy en día un libro de física nuclear para físicos nucleares será totalmente ininteligible para quien no haya estudiado a fondo la disciplina, sin que por ello pueda tachársele de libro simbólico o esotérico.

Aurora Consurgens, uno de los tratados alquímicos más importantes de la Baja Edad Media (s. XIV). El manuscrito se nutre de un gran número de miniaturas con un evidente simbolísmo esotérico.

De todos modos, el simbolismo de los libros alquímicos, sea de uno u otro orden, es evidente. Los metales, por ejemplo, son equiparados a los planetas y reciben el nombre y símbolo planetario correspondiente: el oro es el Sol, la plata es la Luna en cuarto creciente, el mercurio la Luna en cuarto menguante, el cobre Venus, el plomo Saturno, el hierro Marte, etc. Así, cuando se habla del "matrimonio del Sol y la Luna", hay que entender la aleación del oro y la plata, con la evidente desorientación de quien no esté al corriente de la clave. Los instrumentos reciben también a menudo nombres de animales, impuestos la mayor parte de las veces por analogía con sus formas: el pelícano alquímico, la cigüeña alquímica o el avestruz alquímico indican formas determinadas de retortas, matraces y alambiques que hay que usar en diversas operaciones. Incluso las propias operaciones alquímicas reciben también nombres correspondientes a signos astrológicos: la calcinación es designada como Aries, la sublimación como Libra, la fermentación como Capricornio, la solución como Cáncer, etc.

Pretiosa Margarita Novella, siglo XIV. La escena representada está cargada de simbolísmo alquímico. En el patio puede verse al azufre y el mercurio, los dos elementos básicos de la materia según los alquimistas. Las tres mujeres representan las tres fases de la Obra, que se inicia en la primavera, bajo el signo de Aries, con un cuerpo en descomposición. En el verano, bajo el signo de Leo, se unen el espíritu y el alma. Pero es en diciembre, bajo Sagitario, cuando emerge, al fin, indestructible, el nuevo cuerpo espiritual rojo, oro potable: el elixir de la inmortalidad.

En cierto modo, este sistema de notación es tanto un medio de hacer que los no iniciados no comprendan absolutamente nada como de facilitar el trabajo a los propios alquimistas. Sin embargo, a este primitivo simbolismo, de naturaleza eminentemente práctica, se unió bien pronto otro simbolismo mucho más profundo. E.J. Holmyard, al hablarnos de los signos, símbolos y términos secretos usados en Alquimia, nos dice que en los siglos posteriores al XV se hizo perceptible (aunque antes ya existiera en cierta medida) una bifurcación que se fue acentuando gradualmente: así como aquellos alquimistas cuyo fin primordial era la transmutación material de los metales viles en oro hablaban aun con sus alegorías tradicionales, fueron apareciendo simultáneamente otros alquimistas o pensadores con inclinaciones alquimistas "que muy rara vez encendieron un atanor o blandieron un almirez". Estos pensadores fueron en cierto modo los iniciadores de una alquimia esotérica vista desde su vertiente más pura, y su finalidad no era la de conseguir la transmutación de los metales, sino la transmutación del Hombre mismo, dando a la Gran Obra un sentido místico que hasta entonces no había tenido (en siguientes entregas intentaremos abordar este particular).

Hay, por lo tanto, en muchos libros de alquimia, una serie de simbolismos que es preciso entender de dos maneras distintas: como indicadores de una reacción material, física o química y también como indicadores de una reacción espiritual a obrar en el propio operador. Así, símbolos alquimistas como el andrógeno, el huevo cósmico, el hermafrodita, el matrimonio alquímico (del cual el hermafrodita es hijo), etc., tienen una doble y clara significación. Las ideas de muerte y resurrección, por ejemplo, bases de toda la operación alquímica, no representan solamente la muerte de los metales viles y su resurrección como metales nobles, sino igualmente, en la alquimia esotérica, la muerte del individuo y su resurrección como ser más perfecto, como "individuo despierto", según es llamado en muchos textos.

Seguiremos la próxima semana con una nueva entrada sobre la alquimia  ;)


Keltos.

4 comentarios:

  1. Pues señor, todo esto es interesantísimo, especialmente cómo se une lo real y lo místico, o lo físico con lo espiritual. Casi podría tomarse a la alquimia como una especie de religión sin dios alguno, en la que la misma experimentación con metales y elementos, y la búsqueda de nuevos metales es la divinidad en sí.

    A todo esto y dado que lo de la Piedra Filosofal es casi más simbólico y místico que real, es difícil llegar a imaginarse un aspecto físico para ella. Es decir, si se trataba de una piedra (¿o un elemento que no tenía por qué parecerse a una roca corriente?) que podía convertir cualquier metal vil en oro o plata, ¿cómo sería el proceso? ¿por fundición y aleación posterior?.

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    1. Pues el proceso, como veremos en entregas posteriores, es harto dificil, en realidad un conglomerado de mezclas y destilaciones, prácticamente siempre sin sentido alguno y totalmente aleatorio. La inmensa mayoría de las veces, por no decir todas, no llegaban a nada (si exceptuamos logros obtenidos muchas veces por pura suerte, como tintes o productos alcohólicos). La siguiente entrega se centra en el trabajo del alquimista, ahí lo iremos viendo.

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  2. Muy interesante, la verdad que sí, sobretodo todo el tema simbólico que rodea a la alquímia. Desconocía muchas cosas, así que ha sido una entrega enriquecedora.

    A ver si te pones las pilas y nos traes pronto las entregas restantes.

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    1. Gracias Ireth ! A ver si termino pronto la siguiente entrega y la subo cuanto antes ;)

      Un beso.

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